Era el Iago Aspas del baño. Esa clase magistral de cómo mantener la temperatura del agua caliente usando espuma de alta densidad fue oro puro. Y uno de los últimos buenos recuerdos con él. Hace sólo un par de semanas. Así que me voy a quedar con eso. Bueno, y con los mil más, porque 30 años de amistad dan para mucho.
Y es que ese “Era” del principio me está desgarrando por dentro. Se me viene a la cabeza el Blitzkrieg de los nazis. La Guerra Relámpago. Sin ni siquiera una mínima oportunidad de luchar. Dos míseros meses desde que vino por casa a darnos una noticia terrible hasta ayer. Ojalá existiese un Dios para poder pedirle cuentas y escupirle a la cara.
Tenía sus fallos, como todos. No veía un burro a cuatro pasos y no era el colega más fiable para que te abriese el portal de tu propio piso de madrugada, como alguno puede dar fe. Pero somos muchos, muchísimos, los que tenemos la suerte de llamarlo amigo. No creo que haya mejor indicador de la clase de persona que era. A todos os debo un abrazo. Como demasiadas veces, esta mierda me pilla en el quinto coño.
No me atrevo ni a nombrar a su familia por respeto, y en cualquier caso, nada de lo que dijese les valdría de algo, pero me gustaría pensar que hay una perra y un niño que quizás encuentren cierto consuelo jugando juntos.
Llevo un par de días de lágrimas. Da mucha pena lo que nos perdemos, las cosas que no haremos. Pero a poco que miro atrás no puedo evitar sonreír. La excursión de octavo, todo el instituto, El Kubi, acampadas, currelos, Goián… es toda una vida de buenos recuerdos. Y esos son sólo los míos. Son tantas las personas que tendrán los suyos a tu lado. Hasta mis hijos han tenido la suerte de tenerte.
Te vas muy pronto. Y nos dejas bien jodidos. Pero tu tranqui, que estaremos bien. No hoy, ni mañana, pero estaremos bien. Tú no nos verás desde ahí arriba, porque ves menos que un gato de escayola, pero allá a dónde vayas, no te preocupes.
Un tío que ha sobrevivido tantas veces a las Termópilas no tiene nada de preocuparse.
Hasta siempre amigo.