jueves, 19 de julio de 2012

Vigo, hola y adiós


El día que inventen los días de 26 o 27 horas, me compraré unos cuantos, para estos casos. Estuve en casa. Ni siquiera una semana, pero fue maravilloso. Hice un millón de cosas pero me quedaron un millón más por hacer.

No vi ni a la mitad de la gente que me hubiera gustado haber visto, y a los que vi, no los vi ni la mitad del tiempo que me hubiese gustado verlos, pero ha sido un auténtico placer. A pesar de que el vuelo no fue precisamente barato y de que no fue demasiado tiempo, hubiese compensado aunque  fuese el doble de caro y la mitad de tiempo.

El año pasado no pude disfrutar ni un solo día de verano en casa con la gente que más quiero, y ya había ganas. Me he desquitado un poco. Entre ir a la playa y a la piscina, me ha dado tiempo a secuestrar reinas, darle poder a mi mujer para echar a los colonos de mis tierras, construir hormigueros, ver la que espero que algún día sea mi casa, dar un monólogo… pero sobre todo a estar con la gente. No hubiese sido posible sin las habilidades organizativas y de gestión de Andrea. Gracias otra vez por unas mini vacaciones excelentes.

Mientras subíamos en coche hacia el aeropuerto le eché un último vistazo de despedida a la ría. Tocaba sumergirse de nuevo en el ambiente laboral. Pero estos días han sido como tomar una fresca y profunda bocanada de aire.

La mitad de la temporada ya queda por la popa. No es que quede realmente poco, pero ya quedó mucho más. He tenido tiempo también de renovar mi surtido de ocio. En los próximos meses danzaré con dragones, veré en pantalla como chocan los reyes, mataré al diablo por tercera vez y saltaré por la ventana junto con un abuelo que no es el mío. Creo que estoy bien equipado.

Ya estoy a bordo y tengo guardia. Comienza el sprint final. Intentaré disfrutar de cada zancada.

Y volveré.

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